lunes, 13 de julio de 2009

Literalia. Todos los nombres, El libro vacío y La tregua: Odas al hombre ordinario

José Saramago, Josefina Vicens y Mario Benedetti han tenido una convergencia interesante, para aquellos que no conocen los libros de los que hablo la invitación está abierta, si quieren leer algo que les hable de hombres pequeños, ordinarios, hombres que no tienen acción real, ni ejercen influencia en su entorno, vidas grises en resumen, pero que después de todo tienen una pequeña luz intermitente que nos llama la atención, una luz que quizás nos lleva a identificarnos o a identificar a las personas que nos rodean. Es también saber que todos somos igual de irrelevantes a veces.


Sin embargo, escribo este artículo porque no comprendo, para mí es intrigante cómo puede haber un interés tan grande por el hombre que no llega a nada; no critico el ingenio de los autores, al contrario, las obras están escritas escrupulosamente, y no pienso poner a nadie en contra de ellos, a pesar de que el único por el que meto las manos al fuego es Benedetti: lo que no entiendo es cómo algo tan vacuo puede ser tan interesante. Personalmente no disfruté ninguna, me aburrieron un poco, pero no por ser odas a lo ordinario, creo que es porque más bien son odas a lo patético; son esquemas de la posibilidad que tiene cada ser humano de ser más o menos nadie. Tal vez por eso no me identifico y no me gusta pensar que alguien lo haga, creo que por más ordinario que sea el trascurso de alguien por este mundo, los pequeños detalles de la vida nos hacen importantes, es decir, si soy capaz de sentir placer sólo por comprarme unos zapatos, mi felicidad está tan completa en tanto sea una satisfacción genuina.


Estos personajes tienen en común tener un trabajo clasemediero (no son “interesantes” como un vagabundo o un rico), de oficina (un trabajo que “nos ata” a la mediocridad), y aunado a esto, son personajes cosidos intrínsecamente a su mediocridad cotidiana en todos los ámbitos de su vida personal. El personaje de Saramago trata de salir de su mediocridad al violar las normas de su trabajo en el Registro Civil, haciendo uso de su acceso a las fichas de los desconocidos; el personaje de Vicens quiere salir de su cascarón pero no puede porque tiene la obsesión de escribir todo y esto le quita todo el tiempo; y el personaje de Benedetti es un casi jubilado gris que sólo se vuelve extraordinario cuando llega una pareja a su vida. Todo eso no me dice mucho, me dice que es gente que no aprecia su individualidad, que no es feliz pero es muy cobarde para hacer algo por liberarse. No me parecen lecciones de vida, ni ejemplos que puedo seguir, tampoco me conduce a reflexionar sobre lo triste que debe ser no tener nada a que aferrarse: a estos personajes no los quiero, no los odio, no me dan lástima, no los admiro, no los conozco, NO me inspiran nada.


A los que juzgo es a los autores porque no se que tratan de decir: intuyo que tratan de sacar un conejo de un sombrero, pues de pronto se torna maravilloso el pensar que hasta la vida más indefinida puede de pronto ser trastocada por una inquietud, porque en algún punto de las tres novelas hay un cambio radical en la esperanza, sin embargo no son cambios radicales, al contrario, los autores tratan de mantener a sus creaciones tal y como fueron siempre.


En todo caso quedaría el otro lado que uno puede absorber de una novela, que es leerla deliciosamente, sentir la caricia del lenguaje, pero creo que tampoco están hechas para eso.


He tratado de abstraer mi gusto propio de mi opinión, buscar nuevas perspectivas de porqué puede ser siquiera simpático leer sobre vidas de gente que no es capaz de alcanzar sus aspiraciones, y no lo digo desde una presunción altanera, porque no todo es cuestión de voluntad, pero estos personajes específicos son gente que ha rodado por su vida sin exigirse lo que necesitan de sí mismos, tal vez ni siquiera saben lo que quieren. La pequeña conclusión que he podido alcanzar es que quizás son melancólicas sublimaciones de la soledad y del pensamiento individual sobre las cosas tangibles y los hechos concretos, pero no veo el alcance, pienso que no es lo mismo estar muy, muy solo, que ser muy, muy soso.

Bienvenida la discrepancia, se que hay mucha gente que debe pensar: “¿pero cómo se atreve? Es José Saramago, es Mario Benedetti, es Josefina Vicens”, pero finalmente no todo está escrito para ser bienvenido también ¿o no?

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