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jueves, 20 de octubre de 2011

Literalia: "Los detectives salvajes" de Roberto Bolaño. Estudio de Fricción.

Ni siquiera me atrevo a recomendarlo. Este es un libro maldito, esquivo, sensible e insolente, por momentos parece estar escrito sin un reflejo de auditorio. Su intensidad esquiva recae en una historia huérfana, sin narrador válido; sus narradores llueven desde las secciones más opuestas de la vivencia humana para crear una exasperante impotencia en el lector, quien no podrá asir el hilo central de la novela.
Sin embargo ésta es su magia, Bolaño creó con gran inteligencia la historia de una verdad absoluta, que es material porque está vivida, pero como toda verdad absoluta, es tan inefable, que se convierte en un espejismo. Esta contradicción irónica tiene cabida en un mundo donde cada personaje, -mil personajes- cuenta su perspectiva torcida sobre su generación, a manera de que no haya mentira, sólo un cúmulo de versiones posibles que no se pueden armar, porque el rompecabezas de la vida carece de contornos, pero que al conjuntarse, resumen lo que fue durante varias décadas, una realidad.
Cuando leí el final, reflexioné sobre esta sensación que me dijo, “no has entendido este libro”, no lograba responderme por qué, después de tanta atención, era incapaz de encontrar un pegamento que explicara las distorsiones de la historia. Entonces me asaltó el recuerdo de otro libro igual de enigmático: Farabeuf, de Salvador Elizondo, un libro opuesto a Los detectives salvajes en extensión, pero identificado con éste por la necesidad de narrar una verdad. Esta novela fue subtitulada por la editorial, y a pesar de Elizondo, Crónica de un instante, y aunque el autor lo sufrió, me parece un acierto para el tema que nos concierne; en ella, la obsesión por la verdad trataba de reducirse a un momento fugaz, pero definitivo, azotado por demonios sensoriales, supurante de una lava emocional, lenta y corrosiva, tan implosivo aquel instante, que era capaz de explicarlo todo. Era una fracción verdadera de la realidad.
Pues bien, Los detectives salvajes es la crónica del colectivo los "Real Viceralistas", pero no específicamente, sino como ejemplo de la coincidencia aleatoria que universalmente nos hace víctimas de la socialización. Habla de todo lo que nos pone en movimiento: la creatividad, el carácter, las condiciones impuestas. Sobre todo la inspiración, ese momento de inflexión que curva las elecciones y nos divide. Todo esto, sumado a la marea de narradores, intenta describir una fracción verdadera de la vida.
Podría decir que habla de la vida de Ulises Lima y Arturo Belano, o la búsqueda de Cesárea Tinajero, o el grupo literario de los "Real Viceralistas", que alude metafóricamente a cualquier corriente literaria surgida en el siglo XX, pero creo que estaría reduciendo un libro en extremo simbólico a su instrumento.
En lugar de esto, diré que el libro se obsesiona con la verdad, no porque crea en los absolutos o quiera ser definitivo, sino porque quiere fotografiar el fantasma del miedo. Todas sus facetas, esos motivos incomprensibles que hacen que los seres se replieguen sin razón aparente. Finalmente comprendí que es un libro sobre La Despedida; ese evento amordazado por el duelo. Interminable o fugaz, pero doloroso. Despedida no como distanciamiento mutuo, sino como un instante de comprensión individual y propia, Despedida como el instinto social de reiterar la soledad y Adiós como el ente multifacético que resume la realidad; es un libro que se opone al paradigma clásico de que la vida tiene altibajos y de la búsqueda de la felicidad, su premisa es que Se Es, a pesar de todo lo primordial.

jueves, 1 de octubre de 2009

Literalia: Impresión de Kafka

Homenajeemos la obra de un gran escritor, de cuya obra he tenido la oportunidad de leer El Proceso, El Castillo y, quién no se ha acercado a La Metamorfosis: Hablo por supuesto de Franz Kafka. Quién puede negar que al leerlo parece que nos absorbe otro mundo; podemos quedar exhaustos con sólo tres páginas, pues es capaz de generar una atmósfera de angustia que nadie más ha llegado a completar del mismo modo.

Habrá quien lo defina como un autor que inventa ambientes tan inconexos con la realidad que identificarse en lo cotidiano con ellos es sencillamente absurdo, a no ser que nos encontremos en las oficinas de Hacienda. Pero en mi opinión la magia de Kafka radica en todo lo contrario, consiste en impregnar en el papel, la realidad verdadera de la condición humana, sólo que exponenciada. Presiento que la intención es mostrar la ausencia de comunicación de que somos víctimas. Sus situaciones son, por supuesto, muy específicas, tratan siempre de un personaje que, por alguna razón, se halla de pronto desconectado del ritmo social que le rodea. Pero un detalle muy particular es que tal personaje es en mayor o menor medida anónimo; éste anonimato puede interpretarse finalmente como una generalización que se presente ante el espectador como un espejo. Y tales personajes absolutamente centrales, son, a pesar de su anonimato, los únicos con los que llegamos a intimar dentro de las tramas, porque los demás tienen personalidades tan difusas que es difícil interpretarlas. De este modo, K. y Gregorio Samsa están siempre solos, pues aquellos personajes alternos no los aceptan dentro de sus círculos porque no tienen un asidero social que los conecte, como si su afecto por ellos estuviera mal entendido, o condicionado por estándares ajenos a las capacidades de los aislados y solitarios.

Todo esto me conduce a interpretar que el conflicto es la incapacidad de transmitir mensajes emocionales. Tal vez Kafka decía entonces que el largo camino de la comunicación humana, tan enaltecido y sobrevalorado es un espejismo, porque nadie es capaz de expresar lo que quiere o siente, o idénticamente, nadie es un receptor efectivo. Por ende nos quedamos en una comunicación recortada, que nos ayuda a ser amables o agrestes por interpretaciones subjetivas que no hablan de quien nos rodea, sólo de nosotros mismos.

De modo que el principio de angustia está absolutamente justificado y se presenta como la cuestión más lógica y natural, pues además de no poder comunicarnos, somos inconscientes de ello, y la frustración es sólo un recurso defensivo que tenemos como respuesta a la realidad verdadera.

lunes, 13 de julio de 2009

Literalia. En busca del tiempo perdido, Por la parte de Swann. Sin miedo a Marcel Proust

Tengo el placer infinito de haber terminado esta maravillosa obra. Y qué puedo escribir sobre ella. Mi intención primordial es invitar calurosamente a todos aquellos que le tienen miedo a Proust a leerlo; no es un secreto que es un autor que causa miedo: quizás es este halo erudito con el que las críticas lo han cubierto, o que las cosas que escuchamos sobre él siempre son muy complejas, muy filosóficas; ahora que lo he leído entiendo que esto es una verdad parcial. Es muy cierto que la obra incluye numerosas vertientes que desembocan en lo extraordinario, que se presta absolutamente a analizarlo desde la filosofía, desde el arte plástico, la historia, lo existencial y lo metafísico; su versatilidad es tan inmensa y la cultura de Proust tan amplia que no es exagerado mirarlo desde cualquier perspectiva académica. Sea lo que sea, es un autor que se ha construido como una aspiración muy alta para la mente ordinaria.

Sin embargo, me encontré con que su única exigencia es la atención, si leemos a Proust con una atención centrada, lo que obtendremos de él es un placer extremo por las letras, es una obra que, bien acercada, puede generar una intimidad bellísima con el lector. No me jacto de haber entendido todas esas aproximaciones que los grandes estudiosos le atribuyen, las que encontré eran difíciles de aprehender y debe haber muchas que ni imagino que pasaron delante de mí, pero me di cuenta que hay dos formas validas para leerlo, una con la mirada científica, alternada con una enciclopedia excelente y una perspicacia demasiado intencional o, con una inspiración sensata para comprender la magnitud de los instrumentos literarios que utiliza el autor, creo que nunca se es demasiado inculto para entender, pero sí requiere, por supuesto, un espíritu, una sed por ser interrogado culturalmente, ganas de aprender.

Con esto no quiero decir que es fácil, al contrario, más que tiempo (que me tomó mucho tiempo), me llevó un gran esfuerzo: técnicamente, Proust recurre demasiado a añadir pensamientos entre guiones y seguir el hilo es un reto; aunado a esto, el libro entero, que cuenta con casi 500 páginas, son dos historias base que él trata de expresar, de modo que hay que hacer un uso prodigioso de la memoria.

El premio a este esfuerzo es la sensibilidad que despierta, la identificación humana que nos puede brindar al paso de dos renglones. Se disfrutan inmensamente la creación de escenarios de ensueño, las remembranzas de la infancia de un hombre ordinario y la forma en que un amor abyecto puede desgarrar la vida. Por supuesto no está exento de analizar un poco el arte, lo que Proust considera el gran arte, ya sea en la literatura, la pintura o algo más, así como de analizar la vida desde la filosofía y aun, desde la vida misma. Leer a Proust es algo más que mirar con un microscopio la sociedad burguesa en Francia previa a la Primera Guerra Mundial, es más que ver el ocio y la decadencia del ser humano. Lo explico de este peculiar modo: Milan Kundera creó La insoportable levedad del ser, para explicar cómo nada se siembra en el alma y todo está en ella, cómo emergemos de nosotros mismos como universos que no son nada y, sin embargo, somos universos. Proust evoca nuestro encadenamiento a la levedad en tanto que está urdida por el tiempo, cómo no podemos desnaturalizarnos del tiempo, que insiste en el pasado; estamos siempre desmoronándonos en recuerdos y el presente es tan fugaz que se añora como si fuera pasado.

Por la parte de Swann es toda una experiencia del intelecto, es un apapacho que nos debemos como lectores. Yo recomiendo que no cunda el pánico, porque después de leerlo, sabemos en serio que el tiempo es irrecuperable.

Literalia. Todos los nombres, El libro vacío y La tregua: Odas al hombre ordinario

José Saramago, Josefina Vicens y Mario Benedetti han tenido una convergencia interesante, para aquellos que no conocen los libros de los que hablo la invitación está abierta, si quieren leer algo que les hable de hombres pequeños, ordinarios, hombres que no tienen acción real, ni ejercen influencia en su entorno, vidas grises en resumen, pero que después de todo tienen una pequeña luz intermitente que nos llama la atención, una luz que quizás nos lleva a identificarnos o a identificar a las personas que nos rodean. Es también saber que todos somos igual de irrelevantes a veces.


Sin embargo, escribo este artículo porque no comprendo, para mí es intrigante cómo puede haber un interés tan grande por el hombre que no llega a nada; no critico el ingenio de los autores, al contrario, las obras están escritas escrupulosamente, y no pienso poner a nadie en contra de ellos, a pesar de que el único por el que meto las manos al fuego es Benedetti: lo que no entiendo es cómo algo tan vacuo puede ser tan interesante. Personalmente no disfruté ninguna, me aburrieron un poco, pero no por ser odas a lo ordinario, creo que es porque más bien son odas a lo patético; son esquemas de la posibilidad que tiene cada ser humano de ser más o menos nadie. Tal vez por eso no me identifico y no me gusta pensar que alguien lo haga, creo que por más ordinario que sea el trascurso de alguien por este mundo, los pequeños detalles de la vida nos hacen importantes, es decir, si soy capaz de sentir placer sólo por comprarme unos zapatos, mi felicidad está tan completa en tanto sea una satisfacción genuina.


Estos personajes tienen en común tener un trabajo clasemediero (no son “interesantes” como un vagabundo o un rico), de oficina (un trabajo que “nos ata” a la mediocridad), y aunado a esto, son personajes cosidos intrínsecamente a su mediocridad cotidiana en todos los ámbitos de su vida personal. El personaje de Saramago trata de salir de su mediocridad al violar las normas de su trabajo en el Registro Civil, haciendo uso de su acceso a las fichas de los desconocidos; el personaje de Vicens quiere salir de su cascarón pero no puede porque tiene la obsesión de escribir todo y esto le quita todo el tiempo; y el personaje de Benedetti es un casi jubilado gris que sólo se vuelve extraordinario cuando llega una pareja a su vida. Todo eso no me dice mucho, me dice que es gente que no aprecia su individualidad, que no es feliz pero es muy cobarde para hacer algo por liberarse. No me parecen lecciones de vida, ni ejemplos que puedo seguir, tampoco me conduce a reflexionar sobre lo triste que debe ser no tener nada a que aferrarse: a estos personajes no los quiero, no los odio, no me dan lástima, no los admiro, no los conozco, NO me inspiran nada.


A los que juzgo es a los autores porque no se que tratan de decir: intuyo que tratan de sacar un conejo de un sombrero, pues de pronto se torna maravilloso el pensar que hasta la vida más indefinida puede de pronto ser trastocada por una inquietud, porque en algún punto de las tres novelas hay un cambio radical en la esperanza, sin embargo no son cambios radicales, al contrario, los autores tratan de mantener a sus creaciones tal y como fueron siempre.


En todo caso quedaría el otro lado que uno puede absorber de una novela, que es leerla deliciosamente, sentir la caricia del lenguaje, pero creo que tampoco están hechas para eso.


He tratado de abstraer mi gusto propio de mi opinión, buscar nuevas perspectivas de porqué puede ser siquiera simpático leer sobre vidas de gente que no es capaz de alcanzar sus aspiraciones, y no lo digo desde una presunción altanera, porque no todo es cuestión de voluntad, pero estos personajes específicos son gente que ha rodado por su vida sin exigirse lo que necesitan de sí mismos, tal vez ni siquiera saben lo que quieren. La pequeña conclusión que he podido alcanzar es que quizás son melancólicas sublimaciones de la soledad y del pensamiento individual sobre las cosas tangibles y los hechos concretos, pero no veo el alcance, pienso que no es lo mismo estar muy, muy solo, que ser muy, muy soso.

Bienvenida la discrepancia, se que hay mucha gente que debe pensar: “¿pero cómo se atreve? Es José Saramago, es Mario Benedetti, es Josefina Vicens”, pero finalmente no todo está escrito para ser bienvenido también ¿o no?