Homenajeemos la obra de un gran escritor, de cuya obra he tenido la oportunidad de leer El Proceso, El Castillo y, quién no se ha acercado a La Metamorfosis: Hablo por supuesto de Franz Kafka. Quién puede negar que al leerlo parece que nos absorbe otro mundo; podemos quedar exhaustos con sólo tres páginas, pues es capaz de generar una atmósfera de angustia que nadie más ha llegado a completar del mismo modo.
Habrá quien lo defina como un autor que inventa ambientes tan inconexos con la realidad que identificarse en lo cotidiano con ellos es sencillamente absurdo, a no ser que nos encontremos en las oficinas de Hacienda. Pero en mi opinión la magia de Kafka radica en todo lo contrario, consiste en impregnar en el papel, la realidad verdadera de la condición humana, sólo que exponenciada. Presiento que la intención es mostrar la ausencia de comunicación de que somos víctimas. Sus situaciones son, por supuesto, muy específicas, tratan siempre de un personaje que, por alguna razón, se halla de pronto desconectado del ritmo social que le rodea. Pero un detalle muy particular es que tal personaje es en mayor o menor medida anónimo; éste anonimato puede interpretarse finalmente como una generalización que se presente ante el espectador como un espejo. Y tales personajes absolutamente centrales, son, a pesar de su anonimato, los únicos con los que llegamos a intimar dentro de las tramas, porque los demás tienen personalidades tan difusas que es difícil interpretarlas. De este modo, K. y Gregorio Samsa están siempre solos, pues aquellos personajes alternos no los aceptan dentro de sus círculos porque no tienen un asidero social que los conecte, como si su afecto por ellos estuviera mal entendido, o condicionado por estándares ajenos a las capacidades de los aislados y solitarios.
Todo esto me conduce a interpretar que el conflicto es la incapacidad de transmitir mensajes emocionales. Tal vez Kafka decía entonces que el largo camino de la comunicación humana, tan enaltecido y sobrevalorado es un espejismo, porque nadie es capaz de expresar lo que quiere o siente, o idénticamente, nadie es un receptor efectivo. Por ende nos quedamos en una comunicación recortada, que nos ayuda a ser amables o agrestes por interpretaciones subjetivas que no hablan de quien nos rodea, sólo de nosotros mismos.

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