jueves, 3 de marzo de 2011

Manual de la dispersión: La red de los motivos.

En el momento en que toda la inspiración está prohibida y las lenguas se amotinan, el ruido se yergue sobre la ciudad. Se ignora el pasado y el volátil presente se desmembra lentamente, a su ritmo-espacio-cansado.

El mundo se asienta en los colores primarios y se engaña con ternura manifiesta, mientras la gente pasa contraída tras los muros; es la familiar experiencia de lo ajeno, que es indescriptible. Belleza y tortura que conviven en la misma pieza que es esta vida metahumana.

Ante tales silencios creamos, distendemos los horarios para poder sentir, teñimos de anilina las fantasías huecas que presumimos nuestras: Estar bien, Estar. Donar la creencia al paradigma para que exista un templo de virtud en el llano asiento del mutismo.

Porque es la nada invasiva la que confiesa lo verdadero, es el límite de los parajes conocidos, es el viento y el momento. Es concreta y natural. Este es el terror que nos hereda, la carencia de significado. Nos orienta a encontrar todas las respuestas dentro de todas las preguntas que formulamos en todos los ceniceros.

Llagas purulentas es lo absurdo: que aquí no hay nada más que espacio para crear, y lo que creamos nos hace dioses de lo intrascendente.

Mi vida creada y la tuya desertan de lo fecundo para adscribirse al notorio cambio permanente, paradoja con ínfulas de legado ante carcajadas reticentes. Y para poner al pesimismo en shock, un par de perlas de inmanencia: que porque nada es útil y, precisamente para ello, la vida solicita nuestro deteriorado afán por vivir.

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